Wing Shop un corto de Andrea León

Home Ellas Ella Libros x Ellas Blog & Recomendaciones Contacto Home Ellas Ella Libros x Ellas Blog & Recomendaciones Contacto Wing Shop Tengo la curiosa costumbre de  llevar a las conversaciones más casuales quotes o anécdotas audiovisuales que han perforado mi memoria; en traer a la mesa fragmentos de películas, series y cortos que me dejaron con la cabeza en Júpiter. Muchas veces por sus giros de tuerca, por la complejidad técnica con la que fueron producidas, por lo mordaz del guion, por cómo me hicieron sentir, por lo que me recordaron y, muchas veces, por lo hermosas o devastadoras que fueron. Así soy a veces, incontrolablemente intensa y ligeramente dramática, me gusta escribir cuando encuentro algo que me despierta los sentidos. Con Wing Shop me ocurrió que con el encuadre número 1 que surgió de la pantalla; un segundo y ya tenía mi absoluta y total atención. Un cortometraje refrescante construido de una manera tan artesanal, que te deja con la boca abierta, donde los detalles nos transportan al interior del elegante taller de una misteriosa madame que ahí nos espera. La selección de la paleta de color y los detalles en el diseño de producción  nos van dando pistas sobre la pericia de este enigmático y digno personaje,  de manera sutil, presentado de una manera atrapante. El cortometraje nos muestra a nuestro protagonista, Pedro, una joven y tímida polilla con un deseo que le carcome las alas, buscando en el interior de la maravillosa tienda de Madame Spider una solución a sus problemas: cambiar, “ser diferente”. Un pensamiento con el que muchos podemos identificarnos en distintas etapas de la vida; este deseo de ser más, de buscar esa perfección que nos haga, al fin, llegar a la aceptación y, por lo tanto, a la felicidad. Es muy curioso cómo se crea una inmediata sinapsis en mi cabeza al mirar los enormes ojos de esta pequeña polilla animada, pues humaniza una de las obsesiones más incrustadas en el ser humano. La necesidad de cambiar hace que Pedro se enfrente con miedo a Madame Spider, una orgullosa araña sastre, quien termina por aceptar remover las alas de nuestro personaje y comenzar con el proceso de buscarle otras más “perfectas” para lograr ser el objetivo ” Ser diferente.” La tensión avanza, la duda crece y en un inesperado momento de lucidez, Pedro reacciona y decide en el último minuto que desea parar con esta idea, sin embargo en un desafortunado accidente, rasga una de sus alas, haciendo que queden rotas. En todo este momento de tensión, la actitud de la hábil araña cambia a una preocupación total y le promete a Pedro ayudarle a repararla. Con sumo cuidado y atención, toma un hilo brillante que remite a la técnica y filosofía japonesa de reparar cerámica con polvo de oro y resina (kintsugi), creando una pieza restaurada que, a pesar de sus daños, termina siendo aún más valiosa y hermosa. Así termina este cortometraje que, con pocos minutos, nos sirve a nosotros mismos como un recordatorio de que nuestras cicatrices no son una imperfección: terminan forjando lo que somos y haciéndonos más fuertes, más hermosos y más reales. Así con este proyecto cinematográfico que pude ver en el marco del Festival de Cine Internacional de Morelia es liderado por la visión audiovisual de Andrea León no queda más que sentir emoción y orgullo por este cortometraje y celebrar a la creadora audiovisual y a su equipo.       

Obsesión Musical de Octubre. Ego Death at a Bachelorette Party x Hayley Williams

Home Ellas Ella Libros x Ellas Blog & Recomendaciones Contacto Home Ellas Ella Libros x Ellas Blog & Recomendaciones Contacto Hayley Williams Desafía al Sur y al Silencio: La Bitácora Emo de Ego Death at a Bachelorette Party Mi obsesión musical de Octubre 2005 fue el año en que la voz nostálgica y profunda de una pelirroja, al frente de una banda que hacía match con mis deseos de ser parte de la escena emo, se proyectó como un kamikaze en mi etapa adolescente. Ese día descubrí a Paramore, la banda de rock alternativo fundada en Tennessee por allá del 2004 y encabezada por Hayley Williams. Ella tenía todo el look and feel que yo soñaba para mí en los días en que la estética emo era la tendencia. Durante todos estos años, su música ha seguido acompañándome en las distintas etapas de mi vida, siendo un recordatorio constante de mi juventud: esa niña con la boca muy grande y la mente nublada de ideas, esa niña que encuentra la nostalgia y la rebeldía irresistibles. Su banda, Paramore, ha mutado con la entrada y salida de distintos elementos, pero siempre se ha mantenido fiel a su esencia y a su alma, a lo que es Hayley Williams. Sin embargo, como a muchas de nosotras, a veces para encontrar nuestra voz necesitamos la soledad, el espacio, el silencio para liberar la mente. Esto nos ha traído discos en solitario con la experimentación de una Hayley más madura, más contemplativa, más abierta a explorar sus pensamientos, deseos, errores y emociones ante distintas circunstancias de la vida. Hoy mi intención es tentarlas a escuchar su nuevo material. Me puso la piel de gallina por su crudeza, su originalidad, su vulnerabilidad y la habilidad hipnótica de llevarnos a su cabeza y conectar con sus palabras. Un sonido que corre como agua de río, nostálgico, con toques de trip-hop, explorando musicalmente distintos géneros y tonalidades de su voz. Le canta directamente y sin miedo a “Mirtazapine”, una canción con una cruda honestidad lírica y un regreso al sonido del rock alternativo que particularmente me recuerda a Fiona Apple. Hayley le rinde homenaje al fármaco psiquiátrico de manera potente por acompañarla en el viaje de su salud mental. El coro es el momento catártico y más pegadizo: “Mirtazapine, You make me eat, you make me sleep / Mirtazapine, You let me dream, you let me dream.” Estas líneas, sencillas pero profundas, reconocen los efectos básicos pero vitales que el medicamento tuvo en su vida, devolviéndole la capacidad de realizar funciones biológicas esenciales. ¿Mi favorita personal? Sin duda, “Kill Me” (Track 3). “Go ahead and kill me, can’t get much stronger.” Inmediatamente seguida por “True Believer”, un himno de rebeldía ante la ola de discriminación, racismo y el conservadurismo del Estados Unidos de Donald Trump, un título que hace referencia de manera poderosa al levantamiento del Sur. Por favor, no se pierdan la interpretación de esta canción en “The Tonight Show Starring Jimmy Fallon”, una presentación que se convierte en una declaración al tocar con una orquesta compuesta en su mayoría por músicos de la comunidad negra, latina y otras etnias que se han visto atacadas por el clima político actual. No es coincidencia que Hayley incluya la línea: “Strange fruit, hard bargain” …haciendo referencia a la protesta de 1939 de Billie Holiday por los violentos linchamientos de hombres y mujeres negros, colgados en árboles. Así que ahí está, declaro que el disco de mi octubre es Ego Death At A Bachelorette Party. Cambio y fuera. Fin de la bitácora espacial. Capitana Viviana O.

La hija mayor: síndrome, mandato y rebeldía en 2025

Home Ellas Ella Libros x Ellas Blog & Recomendaciones Contacto Home Ellas Ella Libros x Ellas Blog & Recomendaciones Contacto La hija mayor: síndrome, mandato y rebeldía en 2025     Dicen que, dentro de todos los síndromes que embisten a las mujeres, existe uno muy particular que, como una maldición de cuento de hadas, nos invade a las primeras que llegamos a ocupar el vientre de nuestras madres. Ser la hija mayor en estos tiempos es más que una canción que resuena al fondo de una intensa sesión de escucha del nuevo disco de Taylor Swift; un disco que ha abierto un amplio diálogo sobre la brutal exigencia hacia las artistas femeninas de superarse a sí mismas cada vez de manera más absoluta. Una exigencia que, muchas veces, no se aplica a los artistas masculinos. Fue así que, observando en silencio cómo las discusiones se acaloraban en distintas publicaciones y en los millares de videos verticales que inundaban mi feed —con argumentos que iban del fervor desmesurado al odio más profundo—, el pensamiento llegó a mí de manera contundente: La exigencia de perfección hacia las hijas mayores es un síndrome que muchas compartimos. No busco hablar de esto desde una posición de  víctima, para nada, sino analizar una sensación que creo puede ser una experiencia colectiva entre quienes llegamos como las primeras. El mero título de una canción mundialmente escuchada nos resuena y nos revuelve algo en las entrañas; algo que no siempre compartimos con los cercanos. La inmensa carga de ser la primera, de ser la mayor, de abrir camino para los hermanos pequeños, pero también de ser el ejemplo que haga sentir orgullosos a nuestros padres. La continua carga de una perfección inalcanzable: ser acaparadoras de triunfos, de logros, de certificaciones oficiales de “excelencia”. Y al mismo tiempo, la yuxtaposición con un deseo que nos carcome las entrañas: solo ser. Ser rebeldes, libres, encontrarnos. Vivimos con el deseo escondido de simplemente existir. Envidiamos a los hermanos menores y la aparente falta de presión (que en nuestra cabeza suponemos que no llevan). Nosotras la cargamos como un tatuaje en la piel, donde la tinta se expande, pero no se borra: las responsabilidades y los “deber ser” que sabemos que se esperan de nosotras. “Cuida de tus hermanos”, dicen nuestros padres, sin malicia alguna, esperando que un sentido de responsabilidad nos una con quienes llegaron después y nos desplazaron del trono de “bebés”. Buscamos, como maníacas, la supervivencia de esos seres más jóvenes, más relajados, más salvajes y audaces, que parecen dispuestos a arriesgar la piel en cada descubrimiento. Sacamos garras y dientes cuando las palabras los hieren. En nuestra misión militar de protegerlos, les exigimos perfección y, sin saberlo, creamos distancia entre ellos y nosotras. Todo esto por el sentido de responsabilidad que nos dio aquel primer cordón umbilical. Como cronista autodidacta y experta en el tema de sentir el yugo de ser la hija mayor, puedo afirmar, desde mi única experiencia, que este rigor de perfección al que nosotras mismas aspiramos puede ser destructivo. Esa perfección inquebrantable de lograr ser. Ser la hija maravillosa, digna de presumirse: la educada, la chistosa, la de las buenas calificaciones, la de los trofeos y medallas, la buena hija, la que cuida, la que llega a la universidad para coleccionar reconocimientos. La del buen trabajo, la de la carrera prometedora, la que realiza malabares imposibles entre la perfección esperada, la relación perfecta, la profesional brillante, la del anillo, la boda majestuosa, las fotos navideñas pegadas en el refrigerador. La que soluciona las crisis de los hermanos menores, agenda las citas médicas de los padres, la que —aun casada— no deja de cuidar, la juzgada por su aspecto físico y por la atención que brinda a su esposo, a sus hijos, a su casa resplandeciente. La que siempre tiene tiempo para ser el pilar de sus amistades, sin pedir ni exigir nada a cambio. Porque ella es tan buena, porque ella es la hija mayor. La que se parte a sí misma en 525 pedazos para cumplir con esa lista interminable de palomitas verdes: check, check, check. Una lista que crece, pero no termina; que motiva, pero agota. Y, a la par de ese monstruo hambriento de reconocimiento y validación, en las sombras crece un deseo oculto de libertad. De curiosidad desmedida ante el caos, ante la posibilidad de, como un agujero negro en el cosmos, doblar la realidad y explorar las posibilidades del todo y de la nada. Surge en nosotras el deseo de lo prohibido, de lo humano, de lo real, de lo salvaje. De encontrar la belleza en los tropiezos y, por una vez, ser suficiente. Con lo que brilla y con lo que no, con las cadenas que decidimos dejar en el suelo y no cargar más. Fin de la bitacora.  Capitán Viviana O.