La hija mayor: síndrome, mandato y rebeldía en 2025

 

 

Dicen que, dentro de todos los síndromes que embisten a las mujeres, existe uno muy particular que, como una maldición de cuento de hadas, nos invade a las primeras que llegamos a ocupar el vientre de nuestras madres.

Ser la hija mayor en estos tiempos es más que una canción que resuena al fondo de una intensa sesión de escucha del nuevo disco de Taylor Swift; un disco que ha abierto un amplio diálogo sobre la brutal exigencia hacia las artistas femeninas de superarse a sí mismas cada vez de manera más absoluta. Una exigencia que, muchas veces, no se aplica a los artistas masculinos.

Fue así que, observando en silencio cómo las discusiones se acaloraban en distintas publicaciones y en los millares de videos verticales que inundaban mi feed —con argumentos que iban del fervor desmesurado al odio más profundo—, el pensamiento llegó a mí de manera contundente:

La exigencia de perfección hacia las hijas mayores es un síndrome que muchas compartimos.

No busco hablar de esto desde una posición de  víctima, para nada, sino analizar una sensación que creo puede ser una experiencia colectiva entre quienes llegamos como las primeras. El mero título de una canción mundialmente escuchada nos resuena y nos revuelve algo en las entrañas; algo que no siempre compartimos con los cercanos.

La inmensa carga de ser la primera, de ser la mayor, de abrir camino para los hermanos pequeños, pero también de ser el ejemplo que haga sentir orgullosos a nuestros padres. La continua carga de una perfección inalcanzable: ser acaparadoras de triunfos, de logros, de certificaciones oficiales de “excelencia”. Y al mismo tiempo, la yuxtaposición con un deseo que nos carcome las entrañas: solo ser.


Ser rebeldes, libres, encontrarnos. Vivimos con el deseo escondido de simplemente existir. Envidiamos a los hermanos menores y la aparente falta de presión (que en nuestra cabeza suponemos que no llevan). Nosotras la cargamos como un tatuaje en la piel, donde la tinta se expande, pero no se borra: las responsabilidades y los “deber ser” que sabemos que se esperan de nosotras.

“Cuida de tus hermanos”, dicen nuestros padres, sin malicia alguna, esperando que un sentido de responsabilidad nos una con quienes llegaron después y nos desplazaron del trono de “bebés”. Buscamos, como maníacas, la supervivencia de esos seres más jóvenes, más relajados, más salvajes y audaces, que parecen dispuestos a arriesgar la piel en cada descubrimiento.
Sacamos garras y dientes cuando las palabras los hieren. En nuestra misión militar de protegerlos, les exigimos perfección y, sin saberlo, creamos distancia entre ellos y nosotras. Todo esto por el sentido de responsabilidad que nos dio aquel primer cordón umbilical.

Como cronista autodidacta y experta en el tema de sentir el yugo de ser la hija mayor, puedo afirmar, desde mi única experiencia, que este rigor de perfección al que nosotras mismas aspiramos puede ser destructivo. Esa perfección inquebrantable de lograr ser.

Ser la hija maravillosa, digna de presumirse: la educada, la chistosa, la de las buenas calificaciones, la de los trofeos y medallas, la buena hija, la que cuida, la que llega a la universidad para coleccionar reconocimientos.
La del buen trabajo, la de la carrera prometedora, la que realiza malabares imposibles entre la perfección esperada, la relación perfecta, la profesional brillante, la del anillo, la boda majestuosa, las fotos navideñas pegadas en el refrigerador.
La que soluciona las crisis de los hermanos menores, agenda las citas médicas de los padres, la que —aun casada— no deja de cuidar, la juzgada por su aspecto físico y por la atención que brinda a su esposo, a sus hijos, a su casa resplandeciente.
La que siempre tiene tiempo para ser el pilar de sus amistades, sin pedir ni exigir nada a cambio. Porque ella es tan buena, porque ella es la hija mayor.

La que se parte a sí misma en 525 pedazos para cumplir con esa lista interminable de palomitas verdes: check, check, check. Una lista que crece, pero no termina; que motiva, pero agota.

Y, a la par de ese monstruo hambriento de reconocimiento y validación, en las sombras crece un deseo oculto de libertad. De curiosidad desmedida ante el caos, ante la posibilidad de, como un agujero negro en el cosmos, doblar la realidad y explorar las posibilidades del todo y de la nada.
Surge en nosotras el deseo de lo prohibido, de lo humano, de lo real, de lo salvaje. De encontrar la belleza en los tropiezos y, por una vez, ser suficiente.
Con lo que brilla y con lo que no, con las cadenas que decidimos dejar en el suelo y no cargar más.

Fin de la bitacora. 

Capitán Viviana O.

 
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